Durante muchos años, las herramientas de memorias de traducción (conservación y reutilización de traducciones realizadas con anterioridad para su aplicación futura) han sido la piedra angular de la actividad traductora. Hasta tal punto es así, que las memorias de traducción se consideran activos propios de la empresa y los clientes del servicio conservan su posesión en concepto de propiedad intelectual. Lo mismo se puede decir de las bases de datos terminológicas y, en menor medida, de los diccionarios utilizados junto con los programas de traducción automática.